Un temporal arrecia sobre la economía mundial. Desde que la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, señaló los riesgos de que la economía europea y estadounidense podría entrar en una nueva recesión, las bolsas han comenzado ha precipitarse de nuevo, las primas de riesgo española e italiana han comenzado una peligrosa carrera ascendente (superando los 300 puntos básicos) y el oro vuelve a alcanzar un nuevo récord en su valoración.
Los últimos datos sobre la economía mundial no son nada esperanzadores. Alemania, la gran locomotora europea, vive un momento de debilidad. El estancamiento de la economía constituye un hecho real. Tan sólo queda un falso recuerdo del fuerte resurgir de la economía alemana durante el año pasado, que creció a un ritmo del 3,6 por ciento gracias a las exportaciones.
El consumo mundial vive en estos momentos una situación crítica. La demanda se ha congelado, ya no hay más dinero para gastar. El caso de Estados Unidos es similar. La producción industrial también se ha paralizado en un momento crucial. Cuando estábamos encauzados la senda de la recuperación, la palabra “recesión” parece resonar más fuerte.
Un fantasma que vuelve a resurgir cuatro años después, el inicio de caos financiero. Ya veíamos con lejanías el fenómeno de las hipotecas subprime y los bonos basura con calificación máxima. Sin embargo, los efectos siguen hoy día más que presentes.
Millones de personas han perdido sus puestos de trabajo, sus viviendas, se encuentran endeudadas hasta las cejas mientras algunos listillos y cegatos hablaban de recuperación financiera.
Los gobiernos, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional han invertido decenas de miles de millones de dólares en salvar macroentidades financieras, se han nacionalizado bancos y se ha inyectado un importante capital en mantener lo que ya parece ser insostenible: el sistema capitalista.
Un dinero que no ha servido para reactivar la actividad bancaria, ni siquiera para solucionar los problemas de liquidez que desde el principio de la crisis han estado más que presentes. Ni siquiera los bajos tipos de interés han dado sus “brotes verdes”.
La brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado considerablemente. Las clases medias han visto como sus impuestos se han elevado considerablemente, reduciendo su poder adquisitivo, lo que ha tenido un efecto dominó sobre el consumo mundial y sobre el índice de producción. Una espiral sin final que ha conseguido devolvernos en una situación incluso peor que la inicial.
Y la pregunta del millón: ¿Qué deben hacer los gobiernos? ¿Sacar la tijera y poner en marcha un plan de austeridad? ¿O seguir invirtiendo dinero para que la máquina económica no se paralice?
Nadie parece contar con la esperada solución a todo este macro lío económico. Lo único que sé es que todos hemos vivido muy por encimas de nuestras posibilidades, hemos gastado hasta el dinero de nuestros nietos y algunos todavía siguen viviendo un estilo de vida que no se pueden permitir. Ahora, aquí están las consecuencias. Espero que todos (incluidos políticos y economistas) aprendamos de esta situación.
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